Orilla de los grandes ríos

Víctor Quezada

Diario abierto (2020)

Hacia el año 2009 o 2010, comencé a anotar el presente, sin mayor propósito, sin ninguna rigurosidad o frecuencia preestablecida. He decidido, ahora, exponer esos apuntes que brotan cuando se “deja de escribir”, la escritura que media la distancia entre un libro y otro, bajo la condición de continuar con esta práctica y publicar esas notas por lo menos una vez a la semana durante un tiempo indefinido.

Este es un diario abierto.
Junio, 2016.

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1019.
Continúa el año. No termina o empieza. El tiempo abierto: los 14 años de movilizaciones de los secundarios, los treinta años de democracia, los más de cuarenta de la dictadura, el gran tiempo de las divisiones históricas.
De pronto se acabó el calendario, se abrió la tierra y todos los tiempos mostraron la beligerancia del presente.

1020.
Amanece. La mañana me toma en sus brazos para ponerme en la calle. Camino suspendido sobre el día, segundo del nuevo año. Las paredes recién pintadas la noche anterior. La noche que deja –refugiada en su propia penumbra– una huella de olvido y violencia sobre las cosas.

1021.
Decía la verdad
La verdad hermano
Ladraba yo
Estaba
Diciendo la verdad
.....Al río. La luna
.....De noche. Perro
Decía la verdad
La verdad ladraba
.....Al río. A la luna
.....De noche

1022.
Bulldozers arrastran escombros hasta la gran grieta. Que se esfuerzan en rellenar.

1023.
La ciudad, no existe ningún lugar en la Tierra para quien la busque. Está bosquejada en los cielos, como un patrón para quien quiera verla. Para que, al verla, encuentre la ciudad en su interior.

1024.
El viernes inmediatamente posterior al Acuerdo por la Paz Social y la Nueva Constitución, la Plaza Italia, rebautizada Plaza de la Dignidad, amaneció cubierta por un manto blanco; la estatua de Baquedano, coronada por la palabra paz. Esta, como tantas otras acciones de despolitización (las capas de pintura que cada cierto tiempo aparecen sobre las paredes para tapar rayados, el discurso de la criminalización) tienen el propósito de volver al orden, censurar, silenciar, negar, ya no la validez, sino la posibilidad misma del disenso y sus expresiones políticas heterogéneas.
Hoy los muros de la calle Moneda, camino a la Biblioteca Nacional, amanecieron de nuevo pintados de blanco, gris o amarillo. Cada día parece más racional, más lógico y premeditado el discurso de la política que, por un lado, blanquea la violencia del Estado y, por otro, cubre las expresiones de lo político.
Entiendo que tras estas acciones hay un diagnóstico preciso del riesgo que corre la ciudad propia / la ciudad ilustrada con la reverberación de estas expresiones llenas de vida beligerante: el de exponer la fisura que constituye lo común, como objeto de la política; la comunidad, como opción afirmativa de la democracia frente al desmoronamiento de las lógicas de representación; la sociedad, como manifestación del Estado. Imágenes todas de la división, la separación de quien no quiere reconocer su parecido con quien considera inferior y deja debajo; de quien no quiere reconocer su cercanía con quien tiene al lado y deja afuera, desplaza y aleja.
La sociedad se funda en una piedra rota, el wut walanti (Rivera Cusicanqui), en lo irreparable (Esposito), y la política no puede sino negar esta realidad, no puede sino encubrir su propia violencia (caracterizada como orden, control, seguridad, democracia, bien) pues arriesga sufrir su colapso.
La ciudad está edificada sobre la base de la violencia de sus distancias, sobre la violencia de sus jerarquías, la violencia que, en sus versiones más simples, necesita acabar con el otro convirtiéndolo en enemigo, en el mal.
Pero otro asunto vibra en las imágenes del manto, del velo que cubre las murallas de noche, cuando dormimos, idealmente, en nuestras propias camas. En términos simbólicos, el manto, el velo blancos funcionan como los amuletos, conjuros, objetos rituales, tienen una función apotropaica, para mantener alejado el mal en la cercanía de su práctica.

1025.
El precioso brazo
Sus hermosos poros

Forma pura y bella

El precioso brazo
Armado
De la ideología

1026.
Y la fisura es tan profunda que hiende el espíritu. En otras palabras, me constituye como sujeto. Las mismas divisiones (sociales, raciales, de clase, de género) que desprecio en otros forman las mesetas del interior.
Esa misma distinción, entre un adentro –como privilegio del diálogo reflexivo– y un afuera comunicativo, de relación con el mundo, de oclusión o absurdo; esa distinción tan apreciada por mí, por la que puedo decir que me entiendo cuando susurro la verdad en mi oído –la verdad escuchada: sonora, tibia, húmeda, es diferente de la verdad dicha: sonido, temperatura, humedad–; esa distinción entre un adentro y un afuera, entre lo particular de mi verdad y la generalidad de la verdad, habrá que dejarla. Ya no hay más un interior que soporte un exterior abstracto; no más adentro que sostenga la actualidad del afuera y su violencia.

1027.
Pretender escribir fuera / de la historia; asumir la posición del sobreviviente; ofrecer un recuento doloroso de las pérdidas y las posibles ganancias es parecido a salvarse / solo, conjurar el peligro, querer ocultar la continuidad de la muerte. Pero yo / solo / puedo hablar de mis muertos. Aunque no sean los muertos que ame.

1028.
Hundo la cara en los brazos y duermo. Porque en el sueño los brazos son espesos. Porque en el sueño los brazos son verdes.
Digo yo, pero es otro el que duerme sobre el pasto.

1029
Arriba
De noche
Como sosteniendo el mundo
Un dron.